Novela de género fantástico

un LINAJE con un gran misterio y muchas sorpresas

L I N A J E - Parte I -

"Volveré"

 

Aún recuerdo sus voces, sus rostros y el sonido de su risa.

Todavía soy capaz de oler el aroma de los campos y los bosques,

de ver el brillo de sus miradas a la luz del fuego.

En mi mente siguen grabadas las conversaciones,

los suspiros y los llantos de todos. Y a fuego, en mi corazón,

siguen estando escritas las hazañas de todos

 los grandes héroes de otrora.

 

Pues aunque para vosotros sean personajes de leyenda,

hombres y mujeres de un tiempo pasado,

para mí han sido y siempre serán mis compañeros, mis amigos.

 

Para eso te he llamado, para que tú seas ahora

 el testigo de mi historia, del dolor, la guerra y la muerte.

Y también del amor, la pasión y el sacrificio que hicimos todos

antes de que en el cielo brillaran dos soles.

 

 

–Siempre pensé que moriría joven —confesó el anciano levantándose con dificultad de la butaca donde estaba sentado.

Ante el ventanal de la habitación, se apoyó con suavidad en el cristal y contempló con la mirada perdida en el horizonte la ciudad que se extendía a sus pies. Vagando lentamente por los recuerdos de toda su larga vida, escarbaba hasta escuchar y oler de nuevo los paisajes que temía no volvería a ver, porque ya solo existían en lo más profundo de su corazón.

»—Tú también lo habrías pensado si hubieses vivido aquellos tiempos —añadió, sin ni siquiera mirar a su interlocutor.

El muchacho que estaba en la estancia, no se inmutó y permaneció sentado. Su mirada era limpia y curiosa, y había un brillo de inteligencia en ella.

»—Oh, sí, ya lo creo que sí. Pero ahora, ya no —murmuró el anciano al tiempo que intentaba empujar la puerta de cristal para salir a la terraza.

Incapaz de hacerlo, llamó amablemente a un sirviente y este sin esfuerzo se la abrió. El anciano suspiró con tristeza y traspuso el umbral. El otro hombre lo siguió mientras el sirviente le hacía una reverencia.

»—Ahora, todo ha cambiado —dijo apoyándose sobre la balaustrada de piedra y, antes de asomarse, cerró los ojos un instante sintiendo el suave soplo del viento.

Los abrió de súbito al notar la presencia del joven a su lado. Largamente, como el que se ha despertado de un sueño, contempló el rostro del muchacho recorriendo cada una de sus facciones. El anciano alargó una mano y le acarició la mejilla con suavidad. El chico sonrió y, cogiéndole de la mano, lo llevó lentamente hasta unas sillas de madera que había bajo un toldo. Un sirviente trajo una bandeja con una jarra y unas copas, y otro una cesta de fruta de muchos colores.

El anciano pasó mucho tiempo en silencio, mirando al frente sin ver nada, atrapado en otro momento y lugar lejanos en el tiempo.

»—Me muero —soltó de pronto—. No ahora mismo, pero mi tiempo por fin se agota —rió al ver la cara de aflicción del joven—. Vamos, vamos, mi querido niño, no te sientas triste. Como te he dicho antes: siempre pensé que moriría joven. Mírame ahora, más de cien años me contemplan —rió de nuevo—. Soy el último vestigio de una edad ya perdida entre el mito y la leyenda —declaró cuando una lágrima corrió por su rostro—. Mi mundo se apagó hace ya mucho tiempo.

Hizo una pausa y se secó los ojos con una mano.

»—Aún recuerdo sus voces, sus rostros y el sonido de su risa. Todavía soy capaz de oler el aroma de los campos y los bosques, de ver el brillo de sus miradas a la luz del fuego. En mi mente siguen grabadas las conversaciones, los suspiros y los llantos de todos. Y a fuego, en mi corazón, siguen estando escritas las hazañas de todos los grandes héroes de otrora —añadió contemplando absorto el cielo mientras los sollozos sacudían su cuerpo—. Pues aunque para vosotros sean personajes de leyenda, hombres y mujeres de un tiempo pasado, para mí han sido y siempre serán mis compañeros, mis amigos.

»Para eso te he llamado, mi querido y joven señor —le dijo serenándose—, para que tú seas ahora el testigo de mi historia, del dolor, la guerra y la muerte. Y también del amor, la pasión y el sacrificio que hicimos todos antes de que en el cielo brillaran dos soles.

Con la mano hizo un gesto a uno de los sirvientes, que raudo se apresuró a traer una pluma y un tintero, en una pequeña mesita de madera color caoba. En ella además había un libro encuadernado en azul, cuyas páginas, como descubrió el joven al abrirlo, estaban totalmente en blanco.

»—Ponla por escrito —ordenó sonriendo el anciano—, pues no podré contártela más de una vez. Y de esta forma, aun cuando tú ya no estés en el mundo, otros podrán seguir recordando la historia de Anen. ¿Estás preparado?

El joven asintió y mojó la pluma en el tintero. Y el anciano empezó a relatar, recostándose en el sofá y acariciando con una mano un extraño anillo de plata formado por dos finas hebras que se entrelazaban sin tocarse hasta juntarse bajo un pequeño zafiro:

Todo comenzó, muchacho, cuando la barcaza

viró hacia su izquierda rodeando con seguridad

el último promontorio de roca gris…